domingo, 2 de noviembre de 2014





Lectura obligatoria para los participantes del Taller Metodologías de la investigación, 10º Semestre. Noviembre 11 de 2014

Objetivación participante.
En: Journal of the Royal Anthropological Institute. Vol. 9, nº 2, junio de 2003 (281-294) *

Pierre Bourdieu

Abstract:
La reflexividad científica se opone a la reflexividad narcisista de la antropología posmoderna tanto como a la reflexividad egológica (egological) de la fenomenología ya que la primera pretende aumentar en cientificidad convirtiendo a las herramientas más objetivistas de la ciencia social no sólo en la persona privada del investigador sino también, y más decisivamente, en el campo antropológico en si mismo y en las disposiciones escolásticas y los sesgos que ella (la academia) nutre y premia en sus miembros. La ‘objetivación participante’, en tanto que objetivación del sujeto y de las operaciones de objetivación, y de las condiciones de posibilidad de las mismas, produce efectos cognitivos reales así como también permite al analista social asir y apropiarse (master) de las experiencias del mundo social que tiende a proyectar inconscientemente en los agentes sociales ordinarios. Esto no significa que los antropólogos no deban poner nada de sí mismos en su trabajo, todo lo contrario. Los ejemplos tomados de la propia investigación del autor (con un foco especial en las preguntas de campo llevadas a cabo concurrentemente en la lejana colonia de Kabilia y en su propia ciudad natal en Béarn) muestran cómo las experiencias idiosincráticas personales sometidas metódicamente al control sociológico se constituyen en recursos analíticos irremplazables que movilizan el propio pasado social  a través de socio-análisis- propio (self-socio-analysis) puede producir y produce beneficios epistémicos y existenciales.

No necesito decirles cuán feliz y orgulloso estoy de recibir esta marca de reconocimiento científico tan prestigiosa como es la Medalla Huxley,  y de entrar a esta suerte de panteón de la antropología que constituye la nómina de los que la han recibido previamente. Basándome en la autoridad que por este medio me han concedido, quisiera, al modo de un viejo brujo transmitiendo su secreto, ofrecer una técnica, un método o, más modestamente, un ‘consejo’ que me ha ayudado inmensamente a través de mi experiencia como investigador: lo que llamo ‘objetivación participante’. Quiero significar ‘objetivación’ participante, y no ‘observación’ como se dice comúnmente. La observación participante, tal como yo la entiendo, designa la conducta de un etnólogo, él o la, que se sumerge en un universo social extraño para observar una actividad, un ritual, o una ceremonia, al tiempo que, idealmente, tomar parte en ello. La dificultad inherente a esta postura ha sido destacada a menudo, ya que supone  un tipo de (doubling of) desdoblamiento de conciencia que es difícil de sostener. ¿Cómo podemos ser al mismo tiempo sujeto y objeto, el que actúa  y el que, por decirlo así, se mira a sí mismo actuando? Lo cierto es que uno puede tener razón en dudar respecto de la posibilidad de una verdadera participación en las prácticas extrañas, cuya existencia se enclava en la tradición de otra sociedad y que, como tales, presuponen un proceso de aprendizaje diferente del de quien observa, y cuyas disposiciones son el producto; y  por ende, una manera algo diferente de ser y de vivir el curso de las experiencias en las que el observador extraño alega participar.
Por ‘objetivación participante’ quiero significar la objetivación del sujeto de la objetivación, del sujeto de análisis –en pocas palabras, del investigador en sí.  Uno podría engañarse al creer que me estoy refiriendo a la práctica puesta de moda hace una década por ciertos antropólogos, especialmente del otro lado del Atlántico, que consiste en la observación de la observación de uno mismo, observación  del observador en su trabajo de observar o de transcribir sus observaciones, a través de una vuelta al trabajo de campo,  a la relación con los informantes y, por último pero no por eso de menor importancia, a la narrativa de todas esas experiencias; práctica que lleva, más a menudo que no, a la conclusión algo deprimente de que todo lo que hay en el análisis final es nada sino discurso, texto o, peor aún, pretexto para el texto.
Rápidamente quedará claro que tengo poca simpatía hacia lo que Clifford  Geertz (1988:89) llama, después de Roland Barthes, ‘la enfermedad del diario íntimo (the diary disease[1]), una explosión de narcisismo a veces bordeando el exhibicionismo, que viene como secuela de, y en reacción a, largos años de represión positivista. La reflexividad tal como yo la concibo tiene poco en común con la ‘reflexividad textual’ y con las consideraciones falsamente sofisticadas en torno al  ‘proceso hermeneútico de interpretación cultural’ y la construcción de la realidad a través del registro etnográfico. Por cierto, se ubica en el extremo opuesto de la observación naïve (o ingenua) del observador, que en Marcus y Fisher (1986) o Rosaldo (1989) o aún Geertz (1988),  tiende a sustituir la confrontación metódica de las arenosas realidades del campo con la delicia fácil de la auto-exploración. Esta denuncia seudo-radical de la escritura etnográfica  ‘como poética y política’, tomando prestado el título del  volumen editado sobre el tema por Clifford y Marcus (1986), inevitablemente nos lleva  al ‘escepticismo interpretativo’  al que se refiere Woolgar (1988) y que casi lleva la empresa antropológica a un entrabamiento ruinoso (Gupta y Ferguson 1977). Pero tampoco es suficiente explicar la ‘vívida experiencia’ del sujeto que conoce, esto es, las particularidades biográficas del investigador o la Zeitgeist[2] que inspira su trabajo (como Alvin Gouldner [1971] admirablemente hizo en su disección de Parsons en La inminente crisis de la sociología occidental (The coming crisis of  Western sociology) o para descubrir las teorías nativas (folk) que los agentes invisten en sus prácticas, como hacen los etnometodólogos. Para que la ciencia no se reduzca al registro y análisis de las ‘pre-nociones’ (en el sentido de Durkheim) que los agentes sociales comparten  en la construcción de la realidad social, también debe abarcar las condiciones sociales de producción de estas pre-construcciones y de los agentes sociales que las producen.
En resumen, no se trata de elegir entre observación participante, una inmersión necesariamente ficticia en un medio extraño, y el objetivismo de la ‘mirada aguda desde lejos’ (gaze from afar) de un observador que permanece tan distante de si mismo como de su objeto. La objetivación participante tiene que ver con  explorar, no la ‘vívida experiencia’ del sujeto que conoce,  sino las condiciones sociales de posibilidad - y por lo tanto, los efectos y límites- de dicha experiencia  y, más precisamente,  del acto de objetivación en si mismo. Ella apunta a objetivizar  la relación subjetiva con el objeto que, lejos de conducir a un subjetivismo relativístico y más o menos anticientífico, es una de las condiciones de la genuina objetividad científica (Bourdieu, 2001).
Aquello que necesita ser objetivado, entonces, no es la actuación del antropólogo en el análisis antropológico de un mundo ajeno a él, sino el mundo social que ha hecho tanto al antropólogo como a la consciente o inconsciente antropología que él (o ella) comprometen en su práctica antropológica –pero no solo sus orígenes sociales, su posición y trayectoria en el espacio social, su  pertenencias sociales y creencias religiosas, género, edad, nacionalidad, et., sino también y sobre todo,  su posición particular en el microcosmos de los antropólogos.  Por cierto, está científicamente confirmado que sus decisiones científicas más significativas (de tópicos, método, teoría, etc.) dependen muy estrechamente del lugar que ella (o él) ocupen en su universo profesional, lo que denomino el ‘campo antropológico’, con sus tradiciones nacionales y peculiaridades, sus hábitos de pensamiento,  sus problemáticas obligatorias, sus creencias y lugares comunes compartidas, sus rituales, valores y consagraciones, sus constreñimientos en materia de publicación o descubrimientos, sus censuras específicas, y en el mismo sentido (by the same token), los sesgos que son parte de la estructura organizacional de la disciplina, esto es, la historia colectiva de la especialidad y todos los presupuestos inconscientes edificados dentro de las categorías (nacionales) del conocimiento disciplinar.
Las propiedades que salen a la luz a través de este análisis reflexivo, se oponen en todo respecto a un retorno intimista, auto-indulgente, hacia la persona privada, singular, del antropólogo, que no tiene nada de singular y menos aún extraordinario. Al ser, en gran medida,  comunes a todas las categorías de los investigadores (tales como graduados de la misma escuela o de tal o cual universidad)  no son muy ‘excitantes’  para la curiosidad ingenua. (Aquí nos hacemos eco de Wittgenstein en Investigaciones Filosóficas [1967:415] :  “lo que estamos suministrando son observaciones sobre la historia natural de los seres humanos;  sin embargo no contribuimos con curiosidades sino con observaciones de las que no puede dudarse, pero que han pasado inadvertidas sólo porque siempre están delante de nuestros ojos”). Y, sobre todo, el hecho de descubrir estas propiedades y hacerlas públicas suele aparecer como una trasgresión sacrílega en tanto que pone en cuestión la representación carismática que los productores culturales tienen de sí mismos y su propensión a verse a sí mismos como libres de toda determinación cultural.
Es por esto que Homo academicus (1988) es discutiblemente el libro más controvertido y ‘escandaloso’ que he escrito, pese a su extrema preocupación por la objetividad.  (For it objectivizes those who ordinarily objectivize) Porque objetiviza a aquellos que de ordinario objetivan;  descubre y divulga, a través de un transgresión que huele a traición, las estructuras objetivas de de un microcosmos social al cual el investigador mismo pertenece, esto es, las estructuras del espacio de posiciones que determinan las posturas académicas y políticas de los académicos parisinos. Se trata de las estructuras ocultas que, por ejemplo, al momento de su examen, oponen a Roland Barthes y a Raymond Picard y, a través de sus personas, a una ‘semiología literaria’ percibida como la vanguardia respecto a una historia literaria tradicional del estilo de Lanson a la defensiva. Se puede llevar más lejos la violencia de la objetivación participante, tal como lo hizo uno de mis estudiantes, Charles Soulié (1995), quien mostró que los tópicos de investigación (en tesis de maestría y temas de disertaciones doctorales) en filosofía y sociología (lo mismo podría aplicarse a la antropología) están estadísticamente ligadas a los orígenes y trayectorias sociales, el género y, sobre todo, a la trayectoria educativa de los tesistas. Esto significa que nuestras elecciones aparentemente más personales, más íntimas, y por lo tanto, más queridas, a saber, nuestra elección de disciplina y de tópicos (por ejemplo, antropología económica versus el estudio del parentesco, África como opuesta a Europa del este), nuestras orientaciones teóricas y metodológicas, tienen su principio en las disposiciones socialmente constituidas en las que propiedades vulgarmente sociales, impersonales, siguen expresándose de forma más o menos transfigurada.
Habrá de ser notado que, hablando de objetivación participante, me he movido sin aparentar hacerlo, desde la antropología a la sociología y más precisamente a la sociología de la institución académica tal como la practico en Homo academicus. Apenas necesito decir que la universidad francesa es, en este caso, sólo el objeto aparente, y que lo que realmente debe ser comprendido es el sujeto de la objetivación (en esta instancia, yo mismo), su posición en ese espacio social relativamente autónomo que es el mundo académico, dotado con sus propias reglas, irreductibles a las del mundo circundante, y de su singular punto de vista. Pero muy a menudo suele olvidarse o ignorarse que un punto de vista no es, estrictamente, otro que  una visión tomada desde un punto que no puede revelarse a sí mismo como tal, que no puede revelar su verdad solamente como un punto de vista, un punto de vista particular y finalmente único, irreductible a otros, a menos que seamos capaces de, paradójicamente, reconstruir el espacio, entendido como el conjunto de puntos coexistentes (tal como P.F. Strawson lo hubiera dicho) en que está inserto.
Para dar un sentido mejor de lo extraordinario bajo apariencia de normalidad, que hay en el trastrocamiento (overturning)  que consiste en asumir un punto de vista como propio y, por tanto aquel conjunto total de los puntos de vista con referencia al cual se define el asumido como tal, quisiera hacer referencia a la novela de David Garnett, A man in the zoo (un hombre en el zoológico), en la cual he pensado varias veces en relación al enfoque que adopto en Homo academicus. Cuenta la historia de un joven  que discute con su novia durante una visita al zoológico y, desesperado, escribe al director del zoológico para ofrecerle un mamífero faltante de su colección, el hombre - él mismo. A continuación lo ponen en una jaula, al lado del chimpancé con una leyenda diciendo “Homo sapiens.  HOMBRE. Este espécimen, nacido en Escocia,  fue presentado a la Sociedad por John Cromartie, se solicita a las visitantes (Esq.) no irritar al Hombre con sus comentarios personales” (Garnet 1960 : 111). Yo debía haber puesto una advertencia similar en la tapa de Homo academicus para evitar al menos algunas de los “comentarios personales” no siempre agradables que me he ganado.
La reflexividad fomentada por la objetivación participante no es siquiera la misma que aquella habitualmente defendida y practicada por los antropólogos ‘posmodernos’, ni siquiera por la filosofía  o por algunas formas de fenomenología. Se aplica al sujeto cognoscente las herramientas más brutalmente objetivistas que la antropología y la sociología proveen, en particular el análisis estadístico (usualmente  excluido del arsenal de armas antropológicas), y  apunta, como indiqué previamente, a asir todo lo que el pensamiento del antropólogo (o sociólogo) debe al hecho de que él (o ella) está inserto en un campo científico nacional, con sus tradiciones,  hábitos de pensamiento, problemáticas, lugares comunes compartidos,  y  sobre todo, el hecho de que él ocupa una posición particular en él (el recién llegado que tiene que probarse a sí mismo frente a un maestro consagrado, etc.),  con ‘intereses’ de un tipo particular que inconscientemente lo orientan en sus elecciones científicas (disciplinares, metodológicas, de objeto, etc).
En principio, la objetivación científica no está completa a menos que incluya el punto de vista del que objetiva y los intereses que puede tener en objetivar (especialmente cuando objetiva su propio universo) sino también el inconsciente histórico que inevitablemente compromete en su trabajo. Entiendo por inconsciente (o ‘trascendental’) histórico, y más precisamente académico, al conjunto de estructuras cognitivas que pueden atribuirse a experiencias específicamente educativas y que, por ende, es común en gran medida a todos los productos de los miembros del mismo sistema educativo (nacional) o, más específicamente, a todos los miembros de una misma disciplina en una época dada. Esto explica por qué, más allá de las diferencias que vinculan particularmente a las disciplinas y pese a la competencia entre ellas, los productos de un sistema educativo nacional presentan un conjunto de disposiciones comunes,  generalmente atribuidas al ‘carácter nacional’, que significan la posibilidad de que uno o una entienda con guiños y señales (with a nod and a wink) a la otra o al otro; esto lleva a que muchas cosas funcionen sin necesidad de decir que son cruciales, tales como aquello que en un momento determinado merece o no ser discutido, qué es lo importante, qué lo interesante (un ‘lindo tema’, o por el contrario, una idea banal o un tema ‘trivial’).
Tomar la exploración de este inconsciente (o trascendente) académico como proyecto propio no es otra cosa que de algún modo, volver a la antropología contra sí misma y comprometer sus descubrimientos teóricos y metodológicos más remarcables con el análisis reflexivo de los propios antropólogos. Siempre he lamentado que los responsables de los avances más extraordinarios de la antropología cognitiva -pienso en el análisis de Durkheim y Mauss (1903) de las ‘formas primitivas de clasificación’ o en los trabajos reveladores de Lévi-Strauss (1966) en el ‘pensamiento salvaje’ -nunca han aplicado a su propio universo (con la excepción parcial de la obra de Durkheim [1977] La evolución del pensamiento educativo y las dispersas observaciones programáticas de Maurice Halbwachs) algunos de los conocimientos científicos que produjeron respecto de sociedades distantes en tiempo y espacio. Haber mencionado a Durkheim y a Mauss me da la oportunidad de recordar que ellos apuntaban explícitamente a implementar en sus investigaciones el programa kantiano del conocimiento que evoco por mi parte cuando hablo de un ‘trascendental académico’. Recordar esto me parece más necesario cuando, entre los muchos obstáculos para entenderse entre los antropólogos y sociólogos ‘continentales’ y sus colegas de habla inglesa, uno de los más temibles me parece ser, en este punto, el abismo entre los ‘programas’ de investigación  que cada parte debe a su inmersión en tradiciones académicas y filosóficas profundamente diferentes y a los diferentes trascendentales académicos con los que cada una está casada sin saberlo.
Este es el programa de antropología reflexiva cognitiva que pretendo desarrollar cuando busco, por ejemplo, objetivar las ‘categorías de comprensión profesoral (magisterial)’ (en su forma francesa contemporánea), basada en un corpus hecho de tarjetas en las que un profesor de francés en una escuela de elite  ha registrado las calificaciones y las evaluaciones tomadas durante el curso de un año escolar al conjunto de sus pupilos, caracterizados por edad, sexo y ocupación de sus padres (Bourdieu & de Saint-Martin 1975). Gracias a una técnica adaptada desde la semiología gráfica descubrí el esquema clasificatorio inconsciente, o los principios de visión y división, que los profesores franceses (pero sin duda también los británicos o los de cualquier otro país avanzado) implementan sin darse cuenta en sus operaciones de categorización y evaluación, procediendo de manera no diferente a los ‘nativos’ de África o de las islas del Pacífico cuando clasifican plantas y muertos. Basado en la hipótesis de que el esquema clasificatorio es análogo a las formas de clasificación  o las estructuras cognitivas  que (como Durkheim, Mauss y Lévi-Strauss mostraron) organizan el pensamiento ‘primitivo’ o ‘salvaje’ también están presentes, en estado inconsciente,  en el pensamiento escolar, de modo que, lejos de ejercer un vigilancia especial, los mismos antropólogos y sociólogos implementan en muchos de sus juicios cotidianos  -especialmente en asuntos sobre estética, tal como apuntó Wittgenstein, juicios frecuentemente reducidos a adjetivos, o en asuntos gastronómicos, o aún en sobre el trabajo de sus colegas o respecto de los colegas mismos. (Aquí particularmente estoy  pensando en oposiciones tales como ‘brillante’ versus ‘riguroso’, superficial versus profundo, denso versus ligero, y demás). Y de forma similar ustedes acudirán a dicotomías clasificatorias similares  para percibir y apreciar, positiva o negativamente, lo que estoy diciéndoles en este momento.
Comienza a quedar claro, o eso espero, que la objetivación del sujeto de la objetivación no es un mero entretenimiento narcisista ni tampoco un puro efecto de cierta clase de pundonor epistemológico totalmente gratuito en tanto con él se ejercitan efectos realmente científicos. Esto no sólo se debe al hecho de que permite descubrir todo tipo de ‘perversiones’  vinculadas con la posición ocupada en el espacio científico, tales como las rupturas teóricas espurias proclamadas de modo más o menos conspicuo en las que algunos jóvenes antropólogos con ansias de hacerse de un nombre caen periódicamente (especialmente cuando se contagian de lo que mi amigo E.P. Thompson ácidamente llama ‘la gripe francesa’); o ese tipo de fosilización de la investigación, incluso en el pensamiento que viene de encerrarse en una tradición escolarmente perpetuada a través de la lógica de la reproducción académica. En un sentido más profundo, la objetivación también nos permite someter a una vigilancia crítica constante a todos esos ‘movimientos primarios’ de pensamiento (como decían los estoicos) a través de los cuales lo impensado asociado con una época, una sociedad, un determinado momento (nacional) del campo antropológico se meten de contrabando en el trabajo del pensamiento,  y frente a lo cual las advertencias contra el etnocentrismo difícilmente dan protección suficiente. Particularmente, estoy pensando en aquello que debería ser llamado ‘el error de Lévy-Bruhl’, que consiste en crear una distancia infranqueable entre el antropólogo y quienes él toma como objeto, entre su pensamiento y el ‘pensamiento primitivo’, a causa de no haber alcanzado la distancia necesaria entre sus propios pensamientos ‘nativos’ y su práctica, objetivándolos como tales.
El antropólogo que no se conoce a sí mismo, que no tiene un conocimiento adecuado de su propia experiencia primaria del mundo, pone una distancia con respecto al primitivo porque no sabe reconocer al primitivo, al pensamiento pre-lógico en él mismo. Cerrado en una visión escolástica y por ende intelectualista de su propia práctica, no puede reconocer la lógica universal de la práctica en los modos de pensamiento y acción (tales como los mágicos) y los describe como pre-lógicos o primitivos. Además de todas las instancias de equívocos respecto de la lógica de las prácticas que analizo en Outline of a theory of practice (1977), podría invocar aquí a Ludwig Wittgenstein quien sugiere en ‘Remarks on The golden bough’ (Notas sobre La rama dorada), que debido a que Frazer no se conoce a sí mismo es incapaz de reconocer en el llamado comportamiento ‘primitivo’ el equivalente de los comportamientos a los que él (como todos nosotros) nos entregamos en circunstancias similares.

   Cuando estoy furioso respecto de algo, suelo golpear el piso o un árbol con mi bastón. Pero realmente no creo que el suelo tenga la culpa o que golpear pueda ayudar en algo. ‘Estoy desahogando mi enojo’. Y todos los ritos son de este tipo. Tales acciones podrían ser llamadas acciones-instintivas (instinct-actions). Y una explicación histórica, digamos, que yo o que mis ancestros previamente creíamos, que golpear el suelo ayuda, tal como boxear con un enemigo imaginario (shadow-boxing), es un supuesto superfluo que no explica nada. La similitud de la acción con un acto de castigo es importante, pero no puede aseverarse más que tal similitud.
   Una vez que un fenómeno tal se pone en conexión con un instinto que yo mismo poseo, esta es precisamente la explicación deseada; esta es, la explicación que resuelve esta dificultad particular. Y una investigación subsiguiente sobre la historia de mi instinto se mueve por otro camino (Wittgenstein 1993: 137-9)

Wittgenstein aún está más cerca de la verdad cuando, refiriéndose nuevamente, pero en esta oportunidad de manera tácita, a su experiencia personal -que él asume compartida con el lector-, él menciona  algunos comportamientos llamados primitivos que, como los nuestros en circunstancias similares, no tendrían otro propósito que su misma realización o la ‘satisfacción’ que se obtiene al realizarlos.

   Quemando en efigie (burning in effigy). Besando la imagen del ser amado. Esto obviamente no está basado en la creencia de que tendrá algún efecto específico sobre el objeto que la figura representa. Esto apunta a ser una satisfacción y la alcanza. O mejor aún: no apunta a nada;  sólo nos comportamos de este modo y luego nos sentimos satisfechos. (Wittgenstein 1993: 123)

Sólo se tiene que haber realizado una vez esos actos psicológicamente necesarios y totalmente desesperados que uno efectúa en la tumba del ser amado, para saber que Wittgenstein hace bien en repudiar la pregunta misma acerca de la función, e incluso el significado y la intención de ciertos actos rituales o religiosos. Y también está en lo cierto al decir que ‘Frazer es más “salvaje” que la mayoría de sus salvajes’ porque al carecer de un ‘conocimiento interior’ de su propia experiencia espiritual, Frazer no comprende que no comprende  nada respecto de las experiencias espirituales que obstinadamente pretende comprender.  Y por último, de entre mil, citaré esta observación de Wittgenstein sobre la costumbre de ‘afeitar todo el cuerpo de las personas cargadas con brujería’.

No hay duda que cualquier mutilación que nos hace aparecer indignos o ridículos a nuestros propios ojos, puede privarnos completamente de la voluntad de defendernos. Cuán turbados nos volvemos a veces -o al menos muchos de nosotros- por nuestra inferioridad física o estética  (Wittgenstein 1993: 155).

Esta referencia discreta al yo singular, privado, del analista se coloca en el polo opuesto a ciertas confesiones narcisistas de los apóstoles de la reflexividad posmoderna y tiene el mérito de romper la pantalla de las falsas explicaciones proyectadas por los antropólogos que se ignoran a sí mismos, a la vez que nos acerca a las experiencias ajenas al permitirnos asimilar lo que al mismo tiempo nos es  familiar y profundo en ellas.
Se deduce de esto que, mientras la crítica del etnocentrismo (o anacronismo) es, en un primer nivel, legitimo en prevenirnos contra la proyección incontrolada del sujeto cognoscente sobre el objeto de conocimiento; ésta puede, en otro nivel, impedir al antropólogo (tanto como al sociólogo o al historiador) de hacer un uso racional de su experiencia nativa –pero previamente objetivada- para entender y analizar las experiencias de otras personas.  Nada es más falso desde mi punto de vista, que la máxima casi universalmente aceptada  en las ciencias sociales de que el investigador no debe poner nada de sí mismo en su investigación (Bourdieu, 1996). Al contrario, debería referir continuamente a su propia experiencia  pero no, como suele ser muy a menudo el caso, y aún entre los mejores investigadores, de manera culposa, inconsciente o incontrolada. Sea que  quiero entender a una mujer de Kabilia o a un campesino de Béarn,  un trabajador migrante turco o un oficinista alemán,  un profesor de escuela o un hombre de negocios, o a un escritor como Flaubert, un pintor como Manet, un filósofo como Heidegger, paradójicamente, lo más difícil es no olvidarse de que ellos son personas como yo, al menos en tanto que no se enfrentan a su acción  -llevando a cabo un ritual agrícola,  siguiendo una procesión funeraria, negociando un contrato, tomando parte en una ceremonia de lotería, pintando un cuadro, dando una conferencia, yendo a una fiesta de cumpleaños-  en la postura de un observador; y lo único que se puede decir sobre ellos, estrictamente hablando, es que ellos no saben lo que están haciendo  (al menos en el sentido en que yo, como observador y analista,  estoy tratando de saberlo). No tienen en sus mentes la verdad científica de su práctica que estoy tratando de extraer de la observación de su práctica. Lo que es más, ellos normalmente no se preguntan lo que yo me preguntaría si actuase para con ellos como antropólogo: ¿por qué esa ceremonia? ¿por qué las velas? ¿por qué el pastel?  ¿por qué los regalos? ¿ por qué estas invitaciones y estos invitados y no otros? Y así sucesivamente.
Lo más difícil entonces no es tanto entenderlos (que en si mismo no es simple) sino evitar olvidar lo que además sé perfectamente  bien, pero sólo de un modo práctico, es decir que, después de todo, ellos no tienen como proyecto el entender y explicar eso que sí es mi proyecto como investigador; y consecuentemente, lo difícil es evitar poner en sus mentes  aquella problemática que yo construyo respecto a ellos y la teoría que elaboro para responderme. Por tanto, tal como el antropólogo frazeriano instituiría una distancia inabordable entre su experiencia y la de su objeto, por falta de conocimiento de cómo apropiarse de la veracidad de su experiencia ordinaria  de sus propias prácticas ordinarias y extraordinarias poniéndose a distancia de si mismo, el sociólogo y el economista incapaces  de dominar su experiencia pre-reflexiva del mundo, inyectarán ideas doctamente (encarnadas por el mito del homo economicus y la ‘teoría de la acción racional’) en  los comportamientos de los agentes ordinarios porque no saben romper con los presupuestos impensados del pensamiento pensado; en otras palabras, librarse a sí mismos de su sesgo escolástico con el que fueron criados (Bourdieu 1990; 2000).
Manteniendo firmemente en mente la especificidad irreducible de la lógica de la práctica, debemos evitar privarnos a nosotros mismos de ese recurso científico enteramente irremplazable que es la experiencia social previamente sujetada a la crítica sociológica.  Me di cuenta muy pronto en mi trabajo de campo en Kabilia que me estaba basando constantemente en mi propia experiencia de la sociedad bearnesa de mi infancia, tanto para entender  las prácticas que observaba como para defenderme de las interpretaciones que espontáneamente me formaba de ellos o que mis informantes me daban (Bourdieu, 2002). Así, por ejemplo, de cara a un informante, que cuando le pregunté sobre las divisiones de su grupo enumeró varios términos designando unidades más o menos extendidas, me pregunté si alguna u otra de estas ‘unidades sociales’ – adhrum, thakharrubth, y así sucesivamente- que él mencionó tenían alguna realidad más que la unidad llamada lou besiat, el conjunto de vecindades que los bearneses a veces invocan y que algunos etnólogos franceses les han conferido status científicamente reconocido. Tengo la intuición,  confirmada una y otra vez por mi investigación subsiguiente que el besiat  no era más que una entidad ocasional, como si fuese un agrupamiento ‘virtual’que se vuelve ‘efectivo’, existente, y activo sólo bajo ciertas circunstancias muy precisas tales como transportar el cuerpo del fallecido durante un funeral, para definir los participantes y su rango respectivo en esa acción circunstancial.
Este es uno de los muchos casos en los que me nutrí de mi conocimiento nativo para defenderme contra las ‘teorías folk’ de mis informantes o de la tradición antropológica. Por cierto, para desarrollar una crítica de estos instrumentos espontáneos de crítica, al mismo tiempo que hacía mi investigación en Kabilia, acometí en los ’60 un estudio de primera mano de la sociedad bearnesa, la cual, tal como mi intuición me dijo, presentaba varias analogías con la sociedad agraria de Kabilia a pesar de sus obvias diferencias. En este caso, tal como reportaba mi estudio del staff académico de la Universidad de París en Homo academicus, el objeto real, en parte escondido detrás del objeto declarado y visible, era el sujeto de la objetivación y aún, para ser más preciso, los efectos del conocimiento sobre la postura objetivante, esto es, la transformación sufrida por la experiencia del mundo social (en el caso cercano, un universo en el que toda la gente estuviese personalmente cerca de mí hasta que yo supiera, sin tener que preguntar, toda su historia personal y colectiva)  cuando uno deja de ‘vivirlo’ simplemente y en cambio, lo toma como objeto. El primer ejercicio deliberado y metódico en reflexividad  era el punto de inicio para un sin fin de idas y venidas entre la fase reflexiva de objetivación de la experiencia primaria y la fase activa de inversión de esta experiencia así objetivada y criticada, en actos de objetivación cada vez más alejados de esa experiencia. Fué en este doble movimiento que se construyó progresivamente un sujeto científico, al mismo tiempo como un ‘ojo antropológico’ capaz de comprender relaciones invisibles y un dominio (práctico) del yo, basado, entre otras cosas, en el descubrimiento gradual de los efectos multiplicados del ‘sesgo escolástico’ al que John Austin (1962:3-4) hace referencia al pasar.
Estoy al tanto de que todas estas cosas pueden aparecerles muy abstractas y acaso más bien arrogantes. (Parece haber algo un poco delirante en experimentar el progreso que uno ha hecho a través de una vida de investigar, como si fuera una especie de lento camino iniciatorio. No obstante  estoy convencido de que uno conoce mejor al mundo al conocerse mejor a sí mismo, que el conocimiento científico  y el conocimiento de uno mismo y del propio inconsciente social avanzan juntos, y que la experiencia primaria transformada a través de la práctica científica transforma la práctica científica y viceversa). De hecho me estoy refiriendo a las experiencias mundanas y concretas de las que ahora daré algunos ejemplos. Un día, mientras trabajaba en un estudio sobre el celibato masculino en Béarn que había sido consecuencia de una conversación con un amigo de la infancia respecto de la fotografía de la clase en la que yo aparecía (Bourdieu, 1962), en una época en la que yo estaba tratando de construir un modelo formal de los intercambios matrimoniales (durante el auge del estructuralismo levistraussiano), estaba charlando con una persona quien ha sido uno de mis informantes más fieles e inteligentes –que resulta ser mi madre. No estaba pensando en mi estudio pero debía estar vagamente preocupado por él, cuando ella me dijo a la pasada respecto de una familia del pueblo: ‘Oh, sabes, ellos se han vuelto muy familiares  y amigos con los Fulanos [otra familia del pueblo] ahora que hay un politécnico[3] en la familia’. Este énfasis era el punto de partida para la reflexión que me llevó a repensar el matrimonio no tanto en términos de la lógica de la regla (cuya inadecuación había advertido en el caso de Kabilia)  sino, contra la entonces reinante ortodoxia estructuralista, como una estrategia orientada por intereses específicos tales como buscar la conservación o expansión del capital  económico a través de vincular los patrimonios de las familias así aliadas  y del capital social y simbólico, a través de la extensión y calidad de las ‘conexiones’ aseguradas por el matrimonio (Bourdieu, 1986).
Pero era mi manera general de concebir la existencia de grupos – clanes, tribus, regiones, clases o naciones- que gradualmente llegó a transformarse por completo en el proceso (ver Bourdieu, 1985): en vez de entidades ‘reales’, claramente demarcadas en la realidad y en la descripción etnográfica, o en los  cuadros genealógicos definidos en el papel de acuerdo con criterios estrictamente genealógicos, ellos aparecían ante mí como construcciones sociales, artefactos más o menos artificiales, mantenidos a través de intercambios sostenidos y por todo un trabajo material y simbólico de ‘hacer grupos’ generalmente delegado a las mujeres. (Aquí hay un ejemplo del movimiento de ida y vuelta al que me refería un momento atrás: pienso en el trabajo de una antropóloga norteamericana, Micaela di Leonardo [1987], quien mostró que las mujeres en la actualidad,  en los Estados Unidos, son grandes utilizadoras del teléfono –lo que les hace ganar la reputación de ser locuaces- porque ellas están encargadas de mantener las relaciones de parentesco no solo con su propia familia sino también con la de su esposo). De manera similar, podría mostrar  como mi análisis de la casa bearnesa como patrimonio y unidad doméstica, y todas las estrategias por medio de las cuales se afirma y se defiende contra las ‘casas’ rivales, me permiten comprender, de una manera que pienso es innovadora, lo que entonces se llamaba ‘la casa del rey’  y cómo,  antes de la invención gradual de la lógica específica llamada raison d’État, la lógica del estado racional  burocrático, las ‘casas’ reales podían conservar o incrementar su patrimonio, recurriendo a estrategias de  reproducción algo  equivalentes, tanto en los principios como en la implementación, a las practicadas por las ‘casas’bearnesas y sus ‘jefes de unidad doméstica’ (Bourdieu, 1997).
He hablado de honor, y con más tiempo, quizás habría tratado de recordar ante ustedes el trabajo prolongado de observación empírica, el análisis y la reflexión teórica que me llevó, de la noción ordinaria del honor –el objeto de mis iniciales investigaciones  antropológicas que presenté a quienes acompañaron y protegieron en mi entrada a la profesión, Julian Pitt-Rivers, Julio Caro Baroja  y John G. Peristiany- al concepto  de capital simbólico, que es extremamente útil, incluso indispensable desde mi punto de vista, para analizar el fenómeno más característico de la economía de los bienes simbólicos que se perpetúa dentro de la economía más moderna, tal como por ejemplo la practicada por las principales firmas y fundaciones y formas a través del sponsoring. Pero quisiera darles rápidamente otro ejemplo de un ida y vuelta particularmente fructífero: habiendo descubierto  en la obra de Virginia Wolf (1992) To the lighthouse estructuras mitológicas de las que no me había percatado si mi ojo no hubiese estado aguzado por la familiaridad con la visión de los kabilia (y con el Mediterráneo en general) de la división del trabajo entre los sexos, fui capaz, gracias al extraordinariamente perspicaz análisis que Virginia Wolf desarrolla en esa novela sobre cómo el dominio masculino es dominado por su dominación, de descubrir en cambio los límites de la lucidez de un antropólogo que no ha logrado totalmente volver la antropología contra si misma.  En particular fui ayudado por la supremamente cruel pero delicada evocación de Wolf de la líbido académica, una de las formas específicas que toma las idioteces (follies) de la masculinidad que podría y debería haber representado en una versión menos fríamente objetivista de Homo academicus, esto es, si hubiera estado menos distante respecto al objeto y al sujeto de la objetivación.
Un último ejemplo del uso controlado de la antropología –que ahora debería ser claro, es radicalmente opuesto al uso salvaje que algunos antropólogos que carecen de lugares exóticos ahora hacen, especialmente en Francia,  de la analogía etnológica; comenzando por una redefinición de los ‘ritos de pasaje’ como ritos de institución,  fui capaz de detectar y diseccionar una de las funciones de las ‘escuelas de elite’ francesas que se mantienen más ocultas (en particular por su función de entrenamiento y selección), a saber, que consagran a los que están comprometidos con ellas asignándoles una esencia superior instituyéndolos como separados y distintos de la humanidad común a través de una frontera infranqueable (Bourdieu, 1992; 1996). Pero, más ampliamente fui capaz de comprender de forma más íntima y, me parece, más profunda, un conjunto completo de ritos de la tradición académica que tienen la función y el efecto de dar la sanción solemne de la colectividad congregada al nuevo nacimiento  que la colectividad al mismo tiempo escenifica y exige –pienso en las ceremonias de comienzo de año y de graduación en las universidades británicas y norteamericanas, que marcan solemnemente el final de un larga iniciación preparatoria y ratifican por un acto oficial la lenta transmutación que ha sido operada en y por las expectativas de consagración; o las lecturas inaugurales, o aún, si me permiten decirlo, un rito de agregación al invisible colegio de los antropólogos canonizados tal como el que estoy desarrollando aquí delante de ustedes y con ustedes.
Me gustaría terminar comentando otro efecto de la reflexividad, más personal pero de gran importancia, desde mi punto de vista, para el progreso de la investigación científica que gradualmente vengo pensando  -como si fuera a pesar mío  y en contra de los principios de mi visión primaria del mundo- que tiene algo de búsqueda de iniciación. Cada uno de nosotros, y esto no es un secreto para nadie, viene arrastrando un pasado, su propio pasado, y este pasado social, sea lo que fuere – de ‘clase trabajadora’ o ‘burguesa’, masculino o femenino, y siempre entramado de manera cercana con el pasado que explora el psicoanálisis- es particularmente molesto y obnubilante cuando uno se dedica a la ciencia social. He dicho, en contra de la metodología ortodoxa cobijada bajo la autoridad de Max Weber y su principio de la ‘neutralidad axiológica’ (Wertfreiheit), que creo que el investigador puede y debe movilizar su experiencia, esto es su pasado, en todos sus actos de investigación. Pero solo tiene derecho a hacerlo bajo la condición de que ponga todas estas vueltas del pasado bajo un riguroso examen científico. Porque lo que debe ser cuestionado no es sólo este pasado reactivado sino toda la relación que uno tiene con este pasado que, cuando actúa fuera de los controles de la conciencia, puede ser la fuente de una distorsión sistemática de la evocación y por ende de las memorias evocadas. Sólo un socio-análisis genuino de esta relación, profundamente oscura para uno mismo o una misma, puede permitirnos lograr la clase de reconciliación del investigador consigo mismo, y con sus propiedades sociales, como producto de una anamnesia liberada (Bourdieu 2001). 
Se que corro el riesgo, otra vez, de aparecer al mismo tiempo abstracto y arrogante, puesto que tengo en mente un simple experimento que, me parece, cualquier investigador puede llevar a cabo él –o ella misma con gran beneficio personal y también científico. El recurso reflexivo que pongo en movimiento haciendo investigación etnográfica al mismo tiempo sobre Béarn y Kabilia, en una colonia lejana y en mi pueblo natal, tiene como efecto permitirme examinar como antropólogo –es decir, con el respecto inseparablemente científico y ético debido a cualquier objeto de estudio – mi propio ambiente de origen  al mismo tiempo popular y provinciano , ‘atrasado’, hay quien incluso diría arcaico, al que he sido llevado (o empujado) a despreciar y renunciar o, peor aún, a reprimir, en la fase de ansiosa (y acaso ávida y excesivamente impaciente) integración al centro cultural. Fue sin duda porque me encontraba en  posición de dirigir un ojo profesional, comprensivo a la vez que objetivizante, sobre mi mundo de origen que pude despojarme de la violencia de una relación ambivalente de confusa familiaridad y distancia, empatía y horror,  por no decir asco, sin llegar a la tolerancia populista frente a un tipo de ‘gente’ imaginaria, un ‘pueblo’ con el que los intelectuales suelen complacerse. Y esta conversión de la persona en su totalidad, que va más allá de todos los requerimientos de los tratados metodológicos más exigente, fue la base para una conversión teórica que me permitió reapropiarme de la relación práctica con el mundo de manera más completa que a través de los todavía aún-muy-distantes análisis de la fenomenología. Esta vuelta no se efectuó en un día, a través de una iluminación repentina,  los múltiples regresos que he hecho a mi trabajo de campo en Béarn –llevé a cabo tres estudios sobre el celibato masculino- fueron necesarios tanto por razones técnicas como teóricas también porque en cada oportunidad el trabajo de análisis estaba acompañado por un lento y difícil trabajo de auto-análisis.
Por ende, si siempre trabajé para reconciliar la antropología y la sociología, es porque estoy profundamente convencido de que esta división científicamente perjudicial debería ser derrotada y abolida; pero también, como ustedes habrán visto, porque era una forma de exorcizar el doloroso cisma, nunca  vencido totalmente, entre dos partes de mi ser, y las contradicciones o tensiones que esto introduce en mi práctica científica y acaso en toda mi vida. Antes solía ver un ‘golpe’ estratégico que contribuía en gran medida al éxito social (o de salón) de la Antropología Estructural  de Lévi-Strauss (1968) en el hecho de que se reemplazaba la palabra francesa ‘etnologie’, presumiblemente muy limitada, por la palabra ‘antropologie’, que, para un lector francés educado, evoca tanto la profundidad  de la ‘Anthropologíe’ alemana como la modernidad de la ‘anthropology’ inglesa. Pero, no obstante, no puedo privarme del deseo de ver la unidad de la ciencia del hombre afirmada bajo la bandera de una Antropología que designe en todos los idiomas del mundo lo que hoy entendemos por etnología y sociología.




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Traducción: Alison Spedding. Versión revisada PR.




* Conferencia Huxley Memorial Lecture 2002. Este es [la traducción al español de] el texto revisado de la conferencia, tal como fue dada por Pierre Bourdieu en el Royal Anthropological Institute el 6 de diciembre de 2000.  La versión final fue preparada y traducida del francés [al inglés]  por Loïc Wacquant en abril de 2002.  [La traducción al español fue revisada por PR con la ayuda de la versión traducida por Alison Spedding.]
[1] (pr)
[2] Espíritu de la época
[3] Nota del traductor de frances a ingles: Un politécnico es un graduado de la Escuela Politécnica , una de las escuelas de elite más famosas de Francia y campo del mayor reclutamiento de líderes corporativos y dirigentes de estado  (ver Bourdieu. 1996)